El fin de la música

✦ RELATO LITERARIO ✦

Un relato sobre el tiempo, la música y el reencuentro con una misma. Una noche de fin de año donde cada canción devuelve preguntas esenciales.

Por Alicia Elizabeth Dalterio · Escritora, docente, artista visual y exploradora de lo invisible

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La decisión

Había pedido un regalo que nadie podía comprarle. Dejó en modo avión el celular, titilando de mensajes no vistos, y tomó ese pequeño y obsoleto que usa para ir a caminar con una playlist vintage que parece acompañarle el paso y el pulso del corazón, mejor que tantas actividades a las que se había dedicado.

Como si cada minuto comenzara a contar, se miró de refilón en el espejo del pasillo. No se pondría maquillaje ni deliñaría los ojos. Bastaron unas gotas de protector solar y su perfume favorito para verse y sentirse bien, para sí misma. ¿Acaso esa no era la mejor base? Había sabido encontrar belleza en una piedra, en el vuelo de un pájaro surfeando el aire, en el atardecer; cuando no había vuelta atrás para el cielo que se quitaba su manto para revelar la primera estrella.

La belleza del espíritu que anima todas las cosas, el "to walk in beauty" de los antiguos indios americanos, era una verdad de esas que se viven antes de leerlas. Ya no seguiría la zanahoria del marketing de la estética sobre lo "bello", ni siquiera en días festivos.

La fiesta se anticipó. Celebraba la decisión de ir a cancelar el turno de la peluquería, que, con espera, los reflejos y ese corte a navaja para dar volumen; tomaría tres horas y varios días para recuperar el volumen de su billetera a cambio de un falso rubio de la niña que había sido y aún vivía en su interior.

Fue inevitable recordar la habilidad de la banda Sumo para identificar lo frívolo. Una frenada de colectivo, la sorprendió pensando ¿cuánto valían tres horas de su vida? ¿Cuánto, con una estima correcta, sin ego de por medio?

«Nunca se lo había preguntado así, hasta hoy.»

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La caminata

Las calles y las canciones se sucedían una tras otra. Como en una rave en "El día de la marmota", on a on al ritmo que marcaba unos 60 segundos por cuadra, de pronto ¿What is love?, Everything Counts, Enjoy the Silence…, cambian de tempo, se ralentizan mientras canta de memoria, camina alegre sin motivo y sortea vidrieras sin importarle que venden.

Cada letra interpela a Adriana sobre los viejos temas de una manera nueva esa mañana. ¿Qué es el amor?, ¿hay amor en el silencio?

Sí, como la canción, todo parecía contar. Sus experiencias, habían trascendido la etiqueta del debe o del haber, de lo mejor o peor. Todas sumaban un peldaño, un paso con sentido en un silencio que no se padece, en una soledad imprescindible que había comenzado a disfrutar como sorbo de agua fresca en el desierto.

«Todo parecía contar. Sus experiencias habían trascendido la etiqueta del debe o del haber. Todas sumaban un peldaño en un silencio que no se padece.»

Caminar en el desierto, más que poético fue fáctico: el reloj de arena, se había dado vuelta.

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El repliegue

Comenzó a notarlo en pandemia. Rodeada de esa incertidumbre y tristeza que asolaban a la humanidad en esa noche oscura del Alma global, fue imposible sentirse aislada o sin fe, afirmaba que no la necesitaba; se sentía acompañada desde lo interno y eso era prueba empírica suficiente, ya que prefería basarse en vivencias directas, sin intermediarios.

Pero algo cambió de lugar y perspectiva los temores más profundos, lo que no se podía controlar, también sobre el significado de lo que fue y era, lo impermanente, lo que era bueno para ella y no solo para ella. En esos años, hasta la mirada empresarial debía incorporar ese lema para sobrevivir a la oferta y demanda del mercado. Lo había visto en una charla universitaria por zoom durante el aislamiento: para subsistir, un negocio debía pensar en la necesidad y beneficio de muchos, ya no en la ventaja de unos pocos.

«La peregrinación era a casa, al corazón. Un lugar desconocido y hasta insoportable para muchos que, ignorando qué hacer con lo que sentían, preferían evadirse a habitarse.»

El día y la noche comenzaron a desdibujarse. Un momento podía extenderse elásticamente en líneas temporales donde había espacio para todo, no solo empacharse de snacks y series. La mayor crisis mundial que hubiera vivenciado, con sus transformaciones sociales en puerta, traía la oportunidad de volvernos humildes para aprender de los acontecimientos en un reencuentro más real y empático consigo mismos y con otros que atravesaría todas las áreas. Sin escapar del sufrimiento y el dolor, de advertir que habíamos hecho e ignorado como seres humanos, debíamos aprender a convivir con ello y la inseparable incertidumbre.

Seis años después, el cimbronazo que sentía en la sociedad, el mundo y en quien creía que era y le hacían replantear hacia donde quería encauzar su vida mientras no hacía pie en nada conocido, se alineaba con investigaciones geocósmicas que afirmaban un cambio de Era. En el mecanismo de reloj del universo, se cumplían dos siglos de darle la vuelta solo a un elemento (vaya persistencia para los que creían que un brindis, un par de fuegos artificiales y vestir de blanco, eran suficientes para cambiar algo).

Una gran mutación astrológica tenía lugar ahí mismo. El elemento tierra —imperante de 1820 a 2020— pasaba al aire. Los actores protagónicos serían las redes, la sinapsis de ideas, la telepatía, la comunicación, el compartir información, los algoritmos y la AI, generando un fuerte impacto social gracias al movimiento que, tras 164 años, hacía Neptuno.

Redes neuronales, como las raíces conectoras de la Gran Madre Eywa que le erizaran la piel al ver Avatar, tiraban una soga resplandeciente al animus colectivo en ese pozo abisal de un azul profundo, su color preferido, desde donde solo cabía emerger, renaciendo colectivamente en conciencia.

¿Cómo inscribir el sentido de su existencia como habitante de una bella perla azul como la tierra? Es el único planeta abundante en agua por fuera y por dentro, según los geólogos. Un misterio azul, como el amor para Paul Mauriat y las paredes que eligió dejar en pie en el living en años pandémicos, una arquitectura del Alma, para hacer lugar a la luz; una recompensa eléctrica que reavivó su corazón al integrar la otra cara de la moneda.

Las polaridades finalmente, le habían probado que eran una danza de lo mismo, en amor. Un amor distinto al de las novelas rosa. Un amor sustancia, sin nadie, con todo y todos, donde se sentía completa, a gusto en su sola presencia. Desde allí, sus vínculos no serían los mismos, pues lo que había cambiado en verdad, era la relación con ella misma…

Aunque sintió estar a las puertas de descubrir algo que mejoraría su forma de vivir y la de otras personas, no se aferró a esa nota. Cada insight, cada darse cuenta, cada percepción, era un instante de claridad que no la retenía allí. Seguía caminando, quizá para maravillarse, sabiendo que toda experiencia humana, es pequeña en la trama universal.

Creo firmemente, que esa actitud le ayudaba a aprender y evolucionar. Seguir, sin evaluar si los acontecimientos habían puesto su clave de sol al comienzo del pentagrama, si era una coda o un armónico en espiral vibrando ya en otra octava superior, en la melodía de la vida. Quizá por eso le gustaban los círculos donde no hay principio y fin. Las ceremonias aborígenes donde cada tanto participaba, tenían la forma elegida por los pájaros. Un lugar ideal para escudriñar en rituales estacionales, ese ouroboros de fines e inicios interminables como culturas y cosmogonías hay, y la dimensión de esos ritmos dentro y fuera de ella.

Calendarios, estaciones, el año nuevo chino, el tibetano, el día fuera del tiempo de los Mayas, Rosh Hashaná, Navidad y cada fin de año gregoriano; son ventanas para entrever la trama de coordenadas donde un comienzo es fin y las muertes, reproducen vida ad infinitum.

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La cena

Ahora, era el último día del año del jubileo y de concilio. 2025 signaba la oportunidad de crecer y creer el propósito que lo divino ha trazado para nosotros. Se había propuesto incorporar esto, y el modo, era sentirlo plenamente, estando presente, en quietud activa y en coherencia con su cuerpo. Volvió a percibir el peso de su pie amortizado en la suela de las zapatillas, que, en sincronía con la luz del semáforo pasando de amarillo a rojo, alcanzaba de un tranco el cordón de la vereda para cruzar la "cebra", como dicen en su amada Uruguay. Debería ir más seguido recordó…

Aprovechaba cada instante, cuando, como un mensaje subliminal, tocó el turno en la playlist Seize the day, the day… será… will be… Cruzó a la rotisería, como surcando esas olas de papel y letras en stopmotion del video del tema de Wax Taylor.

Por suerte, el local estaba abierto en feriado. Compró pollo al spiedo y vitel toné, sin culpa de no cocinar esta vez. Lo haría distinto por instinto. Cambiando un par de cosas de la agenda por otras, en ese día en que tantos corren, relajada, recuperaba varias horas.

Debería estar en la peluquería aun cuando, cargando varios paquetes, hizo malabarismos para encontrar las llaves de casa y cerrar la puerta con el pie. El eco, rebotó en el espacio que antes ocupaban los muebles que no quiso reemplazar de inmediato tras la independencia de sus hijos, ni con los que dejaron sus padres al morir. El zarpazo de Orión para intentar alcanzar esos manjares, la trajo del vacío que aprendió a habitar, al aroma a rotisería que, de pronto, inundó el ambiente.

Los años de trabajo en el laboratorio, donde había sabido aprovechar hasta el "tiempo muerto" entre una incubación de proteínas y otro ensayo, casi le habían hecho creer que podía controlarlo todo, pero por fortuna, la vida y un par de "cachetazos de realidad", se había encargado de demostrarle que no.

Igualmente, repitió su ritual TOC pre pandemia, lavando hasta los sachet de leche, el pote de crema, la sidra de pera y el champagne rosado. Un empujón al kéfir y dos frascos de pepinos agridulces, bastaron para guardar todo en la heladera.

Solo las latas de palmitos, lavadas también, quedaron en la mesada. Le encantaba cocinar, esa alquimia creativa con lo que había en la alacena. En un "tris" sabía dar un toque gourmet a una ensalada simple, pero esta vez se detuvo antes de tomar la tabla de vegetales y cortar en automático las carnosas rodajas marfil.

Como si algo realmente pudiera detenerse en el engranaje cósmico, se preguntó; ¿Qué era comenzar y terminar, salvo una sucesión de convenciones?

Para ella, desde niña, el tiempo era vertical, aunque aprendió a no repetir sus exóticas intuiciones mientras la miraban extrañados, preguntándose de donde sacaba esas cosas. La ciencia hace tiempo valida otras formas de comprender la naturaleza del tiempo, aun en debate con la física y ella también, había aprendido tanto a validar sus experiencias como a cuestionarse.

En esa espiral de coordenadas espacio—tiempo y teorías de cuerdas, como en tantos otros momentos en esos años, se asió simbólicamente a una para atrapar un instante. Para encontrarse en él, en vez de seguir corriendo para cumplir lo que se esperaba de ella, donde era "alguien", reconocida en logros que podían verse como éxito, aunque sentía que el límite de aquella calificación se ligaba al desencanto y se corría permanentemente.

«¿Quién era realmente? ¿Cuál era el sentido de su vida y para qué?»

Se detuvo para avanzar, para no escapar de sí misma y asistir al indetenible duelo de su conciencia y su personalidad. Comprobó que duelar no solo era intransferible, sino que podía celebrar todos esos duelos consecutivos, naturales donde dejamos de ser bebés para ser niños, luego adolescentes y finalmente adultos, en permanente autodidaxia y evolución.

Ahora, ocupaba su lugar. Había trabajado duro en dejar de cumplir roles que no le pertenecían… Como despertando de un sueño congelado donde el tiempo había transcurrido igual, el recuerdo de lo que conformaba quien era, comenzó a aflorar en una sucesión de matrioskas al remover el polvillo a las cajas de CD's que habían dejado una huella quieta sobre el costoso equipo de audio que fuera un capricho décadas atrás.

¿Hace cuánto que esos bafles dinamarqueses no hacían vibrar las paredes…? Hasta los objetos de uso, estaban pasando por una reevaluación de su "para qué". Había dejado de aturdirse, para saber dónde estaba parada y caminar hacia su propio norte, aunque por fuera, la vieran yendo en la misma dirección previsible.

Para escuchar-se y sentir lo que sentía, había aprehendido el éxtasis que podía habitar el silencio además de los temas de Coldplay, Cerati, El fauno de Debussy, aquel solo de sintetizador en All my love de Led Zeppelin, Aniron, Show must go on

Los volvió a programar en espiral mientras llenaba la tina con agua bien caliente. Podía escuchar horas Ask the mountains. La Petit Fille de la mer también de Vangelis, parecía haber sido compuesta para capullos de niños por nacer, con la suficiente melancolía para recordar un misterio olvidado, el propósito del viaje heroico del Alma.

¿Acaso Cerati, Vangelis, Mercury y tantos otros creativos podrían haber creado obras para compartir algo de su sentido y volverlo servicio trascendente?

Prendió un sahumerio de sándalo y rosas, preparó una tina de agua caliente espumosa, y se sumergió. Apenas unos centímetros hacían la diferencia. Aunque se oían los peques del piso de abajo jugando, el sonido de su voz subacuática se expandía en círculos hasta la orilla de lo relevante, que ahora mismo, no era el cuerito de la canilla que había que cambiar, mientras con el dedo gordo, detenía una gota que persistía en distinguirse del vapor.

El sonido atravesaba las tinieblas de su SPA casero con otro recuerdo de su incomprensible infancia: Te quiero más que a "mihablo", le decía a su mamá. Quien denodadamente, intentaba descifrar otras combinaciones para ese criptex al irle cambiando vocales o consonantes al exótico vocablo, a lo que la pequeña Adriana decía:

— No, no, ¡mi-hablo!

— Pero caramba, ¿dónde está "el hablo", donde es que lo tienes?

Entonces, la pequeña Adri abría la boca y le señalaba empeñosamente: ahí dentro...

Varias veces había vuelto sobre esa certeza tan pueril como indiscutible, aunque no hallara una respuesta definitiva, algún paper que probara el origen de ese misterio que la precedía. Se contentaba con mantener buenas preguntas: ¿De dónde y a qué venía el hálito de vida, el verbo que precede al habla, el espíritu que nos anima?

Su cuerpo se sentía liviano en el agua, aun frente el peso de sus interrogantes. Al quitar el tapón, la tina pareció vaciarse más rápido de lo que se había llenado. Cuanto que había pasado tanto en ese breve lapso… El tiempo, volvía a hacer jugarretas.

El borboteo del drenaje, casi saturado de agua, aceite, recuerdos, vaya a saber cuántas células epiteliales había renovado mientras otras, en su interior, habían programado su apoptosis para que nazcan unas nuevas que las reemplacen en su función.

Mayormente, ignoramos que somos verdaderos autómatas con el mayor grado de especialización en la especie humana y que, en nuestro cuerpo, se suceden infinidad de procesos complejos con imbricados comienzos y fines en múltiples niveles.

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El brindis

Cuando comenzaron a llegar la familia y algunos amigos, Adriana estaba lista, cambiada, con el cabello deliberadamente húmedo. El flequillo, demasiado largo sin ondular, caía como el reloj surrealista de Dalí sobre una mejilla y parte de uno de sus ojos grises, pero no le impedía ver las cosas como eran, ni lucir esos aros largos gris peltre con una aguamarina que por fin estrenó ese día.

No era de dejar la mejor vajilla para ocasiones "especiales", pero se descubrió reservándolos esos aretes... ¿para cuándo? Las cosas que creemos valiosas y guardamos con ahínco, no se enterarán cuando nos hayamos ido.

Mientras una multidimensionalidad de hechos coexistían entre abrazos, dejar los bolsos en el cuarto o el sillón, llenar la mesada de cosas ricas y de postres y bebidas el freezer, atender el timbre en un déjà vu, adelantó un hecho en la línea del tiempo, se quitó las sandalias nuevas antes de que formen una ampolla, se relajó y quedó descalza.

El resto del cabello rozaba delicadamente sus hombros, algo brillantes del aceite de azahar del baño de inmersión. Esa noche, ese sería su perfume: una-hora-para-mi-misma, parecido, pero distinto a la fragancia que solía tener en esas fechas, de tanto amasar Stollen. Le gustaba tanto, que lo preparaba en cualquier momento. Hace poco, para una juntada en noviembre, duró unas pocas rondas de mate. Con una taza de cebada con leche y miel, más de una vez, era su cena. Simple, delicioso.

Era un acto de libertad producir un alimento a su modo, y comerlo o compartirlo, como si fuéramos conscientes que dar algo de nuestra energía, es un regalo. Este encuentro festivo tenía algo de eso. Entre distintos grupos armaron las ensaladas, unos ponían la mesa, otros descorchaban vino para intercalar con la jarra de limonada con jengibre y menta.

Las velitas de sitio —aunque sin nombre esta vez— para que cada comensal se ubicara donde le plazca, no faltaron. Tampoco las flores frescas. El jazmín había sido en extremo generoso, desfasado de temporada, extendió su floración fuera de época. Hasta las plantas habían entrado en "rebeldía", quizá en protesta sobreproductiva frente al cambio climático.

Antes de sentarse a comer, los más pequeños pidieron ver dibujitos. El "zapping" se detuvo con un ¡Ah… déjalo ahí! Aunque habían asistido unas siete veces a La Joya de la familia, particularmente esta vez, era la primera en que la actuación de Diane Keaton era tan real. Adriana la había llorado como un ser querido cercano cuando murió, hace poco. Sus historias de resiliencia, esa risa espontánea y la forma de largarse a llorar; eran parte de la familia. Diane le había enseñado a recobrarse de algún revés de la vida con el recurso del canto, el baile y la amistad hasta convencerse que podía: "You don't know me"

Sin planearlo, este fue, entre varios, uno de los temas centrales en la mesa: ¿qué pasa, que nos pasa a nivel global, sistémico y particular? ¿Cuánto sabemos de ello y que podemos hacer o dejar de hacer, si es que fuera mejor así?

Las generaciones jóvenes hablaban naturalmente de la aceleración que impulsaba la AI. Las tecnologías, la astrología en nexo con la psicología y la espiritualidad, bien vista si era aplicada a lo diario y no era un escape de la realidad.

En pleno verano, hacía calor, pero daba una suerte de "alivio transgeneracional" el solo hecho de la charla abierta y acalorada. Mientras intentaban orbitar un tema desde distintos puntos de vista, se pasaban bandejas o aceite de oliva con naturalidad.

Esoterismo

Algo había comenzado a cambiar, aunque había resistencias y fricciones que hasta la geopolítica exhibía.

— Las viejas modalidades piscianas (decían los chicos…)
— Pero en pocos días entra Neptuno en Aries
— ¿Y qué significa eso, que tiene que ver?

Varios en la mesa, no entendían de astros, pero podían percibir que los acontecimientos tenían algo de todo eso que se compartía. Lo sorprendente frente a la finitud de la vida —al menos en los humanos— era que hacía nada menos que 164 años que ese planeta estaba orbitando el mismo lugar. ¿Cómo comprender esa perspectiva y su significado, que supera en extensión lo que podrían durar dos vidas longevas?

En ese contexto, mientras entraba en revisión todo un sistema de creencias, sirvieron el helado. Había baches de silencio, agujeros negros por donde se escurrían verdades establecidas que ahora notaban que se habían dado por sentadas. La matrix se derrumbaba como el postre en el plato. Sin dudas, en un par de horas, brindar no sería en automático ni tendría el mismo significado que de costumbre.

Rudolph Steiner, en un brevísimo libro sobre las cuatro estaciones del año en relación a los arcángeles y minerales como el azufre y el hierro, trazaba analogías con el invierno y la forma en que se reproduce la primavera. El renacer, emerger y florecer para dar frutos, gracias a lo que permanece en penumbras y se devela a la conciencia.

La mitología, también cuenta sobre lo que está oculto y pasa a ser visto, como Perséfone, quien, por el rapto de Hades, luego de transitar el inframundo, pese a las negociaciones de liberación de parte de su madre, Deméter; asoma transitoriamente a causa de haber "comido" en el bosque de las sombras, para traer consigo desde el oscuro subconsciente, la primavera.

Esta colección de datos habitaba la cabeza de Adriana, junto a algunos pinceles y bastidores, hojas y plumas de tinta que le encantaba coleccionar. Todo muy cerca de unas canas, con menos tintura ahora y que le habían valido varios elogios esa noche. Se veía radiante, casi sin nada o mejor dicho, con toda ella.

La vida, a veces transcurre como en los cuentos de hadas, que no solo son para niños. El conejo, desde "Alicia en el país de las maravillas", hace tiempo que insistentemente le mostraba las manecillas del reloj. Adriana también se había sentido mayor de golpe, siendo una niña tan temerosa como guerrera y de pronto, pequeña nuevamente y grande otra vez, hasta autorregular la dosis de ese núcleo que antes, le definía quien era y donde debía estar.

Rapunzel resumía muy bien lo que había sido "vivir en la torre" y cada tanto, dejar caer su larga trenza para salir de su cabeza y la reclusión interior donde encontraba belleza, correr los límites de lo conocido y vivir, en su cuerpo. Recién allí, había podido ir en busca de alguna parte perdida de su ser.

Los artilugios de la psique, son ingeniosos en el modo en que nos hace pasar por varios descensos por fosos interminables donde no hay manos para asirse a nada. Pero como en La doncella manca, de los hermanos Grimm, el proceso surcando el bosque de lo subconsciente, tiene final feliz. Las manos crecen para tomar las nutriciones que necesitan el cuerpo y el alma, para darse, recibir y brindar los talentos del corazón al mundo.

El descorche de la sidra, fue suficiente para desequilibrar la tensión superficial de la burbuja donde recordaba su vida anterior, como si fuera otra, en esta misma vida. Como no podía ser de otra manera, le llovían preguntas. Para el instante en que el tren pasó tocando bocina como cada 31 de diciembre a las 12, fue: ¿existe la resurrección, estando vivos?, podemos ascender y alcanzar la estatura del ángel que dicen viene con nosotros al nacer y ser otros y nosotros mismos.

¡Feliz año nuevo!

Había olvidado pedir un deseo, pero recordó agradecer a su ángel, agradecer todo. Nosotros, a diferencia de ellos, teníamos un cuerpo y emociones, ¡para sentir! Lo había entendido hasta las lágrimas con Meg Ryan y Nicolás Cage. Que bien habían interpretado en Un ángel enamorado, sentidos del tiempo y la existencia, el libre albedrío, lo que haremos por primera o última vez, con más o menos conciencia de ello.

La escena del hospital, la biblioteca, el mar, la ducha, la carretera y el saborear una pera cuando aún no sabemos que es una pera. Cerró los ojos y deseó eso, con todas sus fuerzas, estar plenamente viva: ¡SENTIR!

Tomó un puñado de garrapiñadas de almendras, era un hábito que los más chiquitos hicieran de ratoncitos haciendo sentir el "crunch" en el oído de los más grandes, como un juego.

Concedieron una vez más con los vecinos, para saludarse de balcón a balcón, y ver los fuegos artificiales, casi una variable más de la economía argentina. Las copas pasaron por varios refill hasta que terminó la mayor parte del estruendoso festival de luces y colores, para dar paso a la cumbia y el reguetón, tan ausente de su playlist como central en el folklore de fin de año.

Cuando se fueron todos, cumplió la costumbre de esa abuela postiza tan querida. Dejó el mantel puesto con las cosas como estaban, como expresión de abundancia para el año entrante. Apoyó en el mueble provenzal algunas copas que habían lavado. Justo al lado del altar, con una Kwan Yin acompañada de su dragón de agua. La había puesto delante del diorama oriental de pagodas, aves y árboles tallados en corcho en una caja de vidrio que le regalara su hermana. How can I go on…

Claro que la había re-cordado también esa noche, tratando esos temas. Ella se había ido sin ver que otro modo de ser y estar sería posible. Aunque intentó algo más, del otro lado del velo, ya que en sueños visitaba a Adriana para que la acompañe a terminar cosas pendientes. Esa muerte cercana y la prueba de que la consciencia sigue su proceso, del otro lado, reactivó el péndulo del reloj. Un aviso antes de que las parcas corten el hilo de plata.

La belleza del rostro de su hermana, como los brotes de oxalis violeta, iridiscente, una planta que era de ella y que, cada tanto, se invisibilizaba y reaparecía, como esa noche para recordarle algo más sobre las estaciones de la vida y la única verdad insoslayable luego de nacer: un día, vamos a morir.

«¿Quién eres, cuáles son tus dones, qué quieres hacer con ellos?»

Cuando se volvieron a escuchar los grillos, los fuegos artificiales habían terminado. Orión salió de su búnker bajo la cama y esperó a que terminara el recorrido que Adriana repetía para disfrutar la inmensidad del cielo y las constelaciones que su madre le había enseñado a identificar para vencer el miedo a la oscuridad.

El cinturón de Orión, el cazador por el que nombró a su gato, eran las "Tres Marías". A la derecha, un perro lo persigue. Sirio, la estrella azul parece un zafiro colgado en la bóveda celeste. De madrugada ya no estaban frente a su ventana, claro, todo estaba en movimiento. La música en la calle había llegado a su fin, y algo de tantas capas de fines y comienzos, también había terminado en ella, para volver a empezar en el interminable círculo de la vida-muerte-vida.

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La Japonaise

En otro momento, no habría reemplazado el silencio en la antesala a la salida del lucero de la mañana por las pisadas que la llevaron intuitivamente a tomar a tientas un CD. La piel de gallina, era una manifestación que le probaba estar en presencia de algo sutil y real.

Acaso era el uso de la trama de tiempo atemporal, la vasija y el vacío, lo compartido en la cena…, los ángeles, los ancestros, los intentos de este lado del velo… y, "La Japonesa"; una bendición de flores de cerezo caía sobre ella y algo más grande que ella misma.

«Cuando todo es dorado y todo es oh… nieve en Fuji, lluvia en Kyoto, noche en Tokyo y todo es… fuego y belleza… Mi único tesoro viviente en esta tierra… Leal amigo, mi ángel de la guarda en el cielo, me has servido bien todos estos años. Saludo con ambas manos confiando sin temores, hasta el final. Viniste de una tierra lejana y me cautivaste.»

El sonido detrás de cada palabra, revelaba el fin de la música en un loop de voces de Montserrat Caballé y Freddie Mercury:

Yoake, kisetsu, yume, kibo — Amanecer, estaciones, sueños, esperanza

LA JAPONAISE

FREDDIE MERCURY & MONTSERRAT CABALLÉ

English / 日本語

Subalashii asaga akelu
Yoakega yobikakelu
Kokorono izumiga wakidelu
Yumeno yo

I feel the power of a stranger inside me
A force of magic surrounds me
This fountain within me is overflowing
Peaceful and inviting
Beautiful and enticing

Yoake kisetsu yume kibo

Umito hikariga yondeilu
Rising sun will bless my morning with a smile
A magic pearl from the seas
Born in a willow breeze

Loyal friend my guardian angel in the sky
You've served me well all these years
Greeting with both hands trusting with no fears
Till the end

Toikuino anatani miselalete
Amalinimo utsukushii yumenoyo
Itsumademo ii
Aino hikali kiboto yume

When everything is golden and everything is oh
Fuji no yuki, Kyoto no ame, Tokyo no yolu
And everything is ah
Fire and beauty
My only living treasure on this earth

(kibo hikali yume)
Asaga hohoemikakelu

Itsumo kimi dakewa kokolonotomo
Toikimino omokage shinonde
Amalinimo utsukushii yumenoyo

When everything is golden
And everything and everyone is ah

Yoake, kisetsu, yume, kibo
Yoake, kisetsu, yume, kibo
Yoake, kisetsu, yume, kibo
Yoake, kisetsu, yume, kibo

Español

Una maravillosa mañana comienza
El amanecer llama
La primavera en mi corazón brota
Como un sueño

Siento el poder de un extraño dentro de mí
Una fuerza mágica me rodea
Esta fuente dentro de mí está desbordando
Tranquilo y acogedor
Hermosa y tentadora

Amanecer, estaciones, sueños, esperanza

El mar y la luz están llamando
El sol naciente bendecirá mi mañana con una sonrisa
Una perla mágica de los mares
Nacido en una brisa de sauce

Leal amigo mi ángel de la guarda en el cielo
Me has servido bien todos estos años
Saludo con ambas manos confiando sin temores
Hasta el final

Viniste de una tierra lejana y me cautivaste
Amalinimo utsukushii yumenoyo
Itsumademo ii
Aino hikali kiboto yume

Cuando todo es dorado y todo es oh
Nieve en Fuji, lluvia en Kyoto, noche en Tokyo
Y todo es ah
Fuego y belleza
Mi único tesoro viviente en esta tierra

(esperanza, luz, sueños)
La mañana sonríe

Siempre tú serás amigo de mi corazón
Toikimino omokage shinonde
Amalinimo utsukushii yumenoyo

Cuando todo es dorado
Y todo y todos están ah

Amanecer, estaciones, sueños, esperanza
Amanecer, estaciones, sueños, esperanza
Amanecer, estaciones, sueños, esperanza
Amanecer, estaciones, sueños, esperanza

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Sobre la autora

Alicia Elizabeth Dalterio es escritora, docente, artista visual y exploradora de los territorios donde la ciencia, la espiritualidad y el arte se encuentran. Su apellido es un mix: la mitad del que quitaron a su madre al exiliarse de Polonia en guerra y la mitad del de su padre. Un nombre que es ya un relato de identidad y memoria.

Su escritura habita la frontera entre lo visible y lo invisible, entre el dato científico y la intuición poética. Es una voz que no busca explicar sino acompañar — que confía en la inteligencia sensible del lector.

Mujeres Mirando Mujeres → Blog personal: Ali von Dalt →

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